Los compromisos de Salamanca abren un proceso para acompañar la vocación y el desarrollo profesional del profesorado de Religión
La primera Escuela de Verano del Profesorado de Religión, promovida por la Comisión Episcopal para la Educación y la Cultura y celebrada en Salamanca,
ha reunido a responsables diocesanos, profesores, formadores,
universidades, centros de formación, instituciones educativas y
editoriales para conocer, contrastar y discernir la propuesta de un
«Sistema de Desarrollo Profesional del Profesorado de Religión
Católica».
La Escuela ha nacido de una
convicción fundamental: una Iglesia que desea cuidar la educación debe
comenzar cuidando a quienes educan. La calidad y el futuro de
la enseñanza religiosa escolar dependen, en gran medida, de la
identidad, la vocación, la formación, la competencia profesional y el
acompañamiento de quienes hacen presente cada día esta enseñanza en las
aulas.
El encuentro no ha pretendido inaugurar el
cuidado del profesorado de Religión, pues las diócesis, las
universidades, las instituciones y los propios docentes llevan décadas
sosteniendo esta tarea. Ha querido favorecer una conciencia nueva de ese
cuidado y avanzar desde iniciativas valiosas, pero frecuentemente
dispersas, hacia una cultura compartida del desarrollo profesional.
Celebrar esta Escuela en Salamanca posee,
además, un significado especial. Hace quinientos años, la Escuela de
Salamanca mostró que la fidelidad a la tradición cristiana no consiste
en repetir respuestas heredadas, sino en dejar que la luz del Evangelio
ilumine las nuevas preguntas de cada época. Ahora, una vez más, en este
tiempo de profundas transformaciones culturales, antropológicas,
digitales y educativas, la Iglesia necesita profesores de Religión que
no tengan miedo a pensar desde el Evangelio; docentes arraigados en la
fe, profesionalmente competentes, capaces de acompañar las preguntas y
fragilidades de sus alumnos y de hacer presente una inteligencia
creyente en el corazón de la escuela.
La invitación del papa León XIV a diseñar
nuevos mapas de esperanza ofrece una indicación especialmente fecunda
para esta tarea. Un mapa no sustituye el camino, pero ayuda a
orientarse, reconocer posibilidades, anticipar dificultades y caminar
con otros. También el Marco de Desarrollo Profesional quiere ser un
mapa: una referencia común al servicio del crecimiento de cada docente y
del acompañamiento que la Iglesia está llamada a ofrecerle.
Declaración de trabajo
Los participantes en la Escuela de Verano
de Salamanca, convocados para conocer y discernir el Sistema de
Desarrollo Profesional del Profesorado de Religión Católica, reconocen
la necesidad de avanzar hacia una cultura compartida de acompañamiento,
mentoría, formación permanente y mejora profesional.
Desde la diversidad de responsabilidades,
ámbitos e instituciones representadas, reconocen que el Marco de
Desarrollo Profesional, la autoevaluación, la mentoría y la formación
permanente no deben entenderse como iniciativas separadas, sino como
partes de un único ecosistema de cuidado y crecimiento profesional.
El trabajo realizado invita a pasar:
• de una cultura basada principalmente en actividades formativas a una cultura del desarrollo profesional;
• de considerar a los profesores como sujetos aislados a reconocerlos como parte de un cuerpo profesional;
• de responder ante necesidades puntuales a acompañar trayectorias;
• de evaluar para clasificar a evaluar para conocer, orientar y mejorar;
• de sostener únicamente una asignatura a cuidar una presencia eclesial, educativa y cultural en la escuela y en la sociedad.
Desde estas convicciones, se propone
orientar la fase de preparación e implantación inicial de este Sistema
de desarrollo profesional mediante los siguientes compromisos.
Acuerdos principales
1. Asumir el desarrollo profesional como una responsabilidad eclesial compartida. El
crecimiento del profesorado de Religión no puede depender únicamente de
la iniciativa individual de cada docente ni de acciones formativas
aisladas. Requiere la colaboración estable de las diócesis, la Comisión
Episcopal, las universidades, los centros DECA, las instituciones
educativas, las entidades formativas, las editoriales y el propio
profesorado.
2. Reconocer la unidad del Sistema de Desarrollo Profesional. El
Marco, la autoevaluación y el seguimiento, la mentoría y la formación
permanente deben aplicarse de manera articulada. El Marco indica el
horizonte del crecimiento; la autoevaluación ayuda a reconocer el punto
de partida; la mentoría ofrece acompañamiento personal y profesional; y
la formación permanente sostiene la continuidad del proceso.
3. Impulsar una implantación gradual, acompañada y evaluable. La
propuesta no debe aplicarse de manera precipitada ni uniforme. Es
necesario iniciar una fase de preparación, desarrollar experiencias
piloto en diócesis diversas, evaluar sus resultados y revisar los
instrumentos antes de avanzar hacia una implantación más amplia.
Condiciones imprescindibles
1. Garantizar el carácter formativo y no fiscalizador del proceso. El
Marco y las herramientas de autoevaluación deben utilizarse para
orientar el crecimiento, reconocer fortalezas y detectar necesidades. No
deben convertirse en instrumentos de control, clasificación,
comparación pública o penalización del profesorado.
2. Reconocer la diversidad de las diócesis y de las trayectorias docentes. La
existencia de un horizonte común debe ser compatible con diferentes
ritmos, recursos, extensión territorial, situaciones laborales y
capacidades organizativas. La unidad del proceso no exige una
simultaneidad perfecta, sino comunión de criterios y dirección
compartida.
3. Dotar a las delegaciones y entidades formativas de recursos suficientes. No
puede solicitarse a las diócesis que acompañen procesos complejos sin
ofrecerles orientaciones, formación, instrumentos, apoyo técnico,
tiempos razonables y espacios para compartir experiencias.
Primeras acciones para el curso 2026-2027
1. Presentar y dar a conocer el Sistema de Desarrollo Profesional. Cada
delegación, de acuerdo con sus posibilidades, promoverá una primera
presentación del Marco y de sus herramientas al equipo diocesano y al
profesorado, explicando su sentido, su carácter formativo y el horizonte
general del proceso.
2. Constituir o identificar un equipo diocesano de referencia. Las
diócesis interesadas podrán designar un pequeño equipo responsable de
estudiar la propuesta, analizar las condiciones de aplicación,
identificar posibles mentores y proponer un itinerario diocesano
inicial.
3. Realizar un diagnóstico de posibilidades y necesidades. Durante
el curso se recogerá información sobre las necesidades formativas del
profesorado, los recursos disponibles, las experiencias previas de
acompañamiento y las condiciones necesarias para participar
posteriormente en experiencias piloto.
Peticiones a la Comisión Episcopal
1. Facilitar la recepción episcopal y ofrecer una versión clara del conjunto de la propuesta. Se
solicita completar la revisión de los cuatro volúmenes y preparar una
primera información dirigida a los obispos diocesanos, de manera que
puedan conocer el sentido general del Sistema, expresar su aprobación o
asentimiento y orientar su desarrollo en las respectivas diócesis. A
partir de esta recepción, se proporcionarán materiales sintéticos para
delegados, profesores, formadores y responsables institucionales.
2. Proporcionar instrumentos y acompañamiento para la fase inicial. La
Comisión debería facilitar modelos de presentación, herramientas de
autoevaluación, orientaciones para las delegaciones, guías para la
mentoría, criterios para la formación permanente y canales estables de
consulta y seguimiento.
3. Coordinar una implantación progresiva y participada. Se
propone que la Comisión identifique diócesis y entidades dispuestas a
participar en experiencias piloto, promueva la formación de responsables
y mentores, recoja los aprendizajes y garantice la revisión periódica
del Sistema.
4. Promover espacios diocesanos o interdiocesanos de participación inspirados en el modelo del CGIE. Se
propone ampliar progresivamente la presencia y la dinámica
participativa del Consejo General de la Iglesia en la Educación,
favoreciendo que las diócesis o, si fuera adecuado, varias diócesis de
una misma provincia eclesiástica puedan constituir o fortalecer espacios
estables de encuentro entre los diferentes actores de la educación
católica: delegaciones diocesanas, profesorado de Religión, escuelas de
ideario cristiano, colegios diocesanos, universidades y centros DECA,
familias, titulares, instituciones educativas y otras realidades
eclesiales vinculadas a la educación. Estos espacios, adaptados a las
características de cada territorio, permitirían compartir diagnósticos,
coordinar iniciativas, evitar la fragmentación y expresar de manera más
visible la responsabilidad común de la Iglesia en la educación.
Compromisos de los actores formativos
El desarrollo profesional del profesorado
de Religión necesita insertarse en una visión más amplia de la presencia
de la Iglesia en la educación. Por ello, los distintos agentes
formativos están llamados a reconocerse, escucharse y colaborar desde
sus responsabilidades específicas.
1. Las delegaciones diocesanas se
comprometen a favorecer la recepción del Marco, escuchar las
necesidades reales del profesorado, identificar personas con capacidad
de acompañamiento y estudiar las condiciones para desarrollar
progresivamente la propuesta en cada diócesis.
2. Las universidades y los centros DECA se
comprometen a revisar la relación entre formación inicial y desarrollo
profesional, fortalecer la formación teológica, pedagógica y eclesial de
los futuros profesores y colaborar en la preparación de formadores y
mentores.
3. Las instituciones educativas, entidades formativas y editoriales se
comprometen a alinear progresivamente sus propuestas y recursos con el
Marco, colaborar en la detección de necesidades y contribuir a una
oferta formativa coherente, rigurosa y verdaderamente orientada al
crecimiento del profesorado.
A estos compromisos se une el del propio
profesorado, llamado a vivir y renovar su vocación educativa, participar
activamente en su desarrollo profesional, compartir la sabiduría nacida
de la práctica y contribuir a la construcción de una comunidad
profesional que aprende y acompaña.
Riesgos que deben vigilarse
1. La burocratización del Sistema. Debe
evitarse que el proceso se reduzca a formularios, niveles,
acreditaciones o procedimientos que terminen ocultando su finalidad
principal: cuidar a las personas y acompañar su crecimiento.
2. La desigualdad de recursos y la sobrecarga de las delegaciones. La
implantación no puede descansar exclusivamente sobre estructuras
diocesanas que ya afrontan múltiples responsabilidades. Será necesario
simplificar los procesos, compartir recursos y ofrecer apoyo específico a
las diócesis con menor capacidad operativa.
3. La fragmentación y la falta de sostenibilidad. Deberá
evitarse la desconexión entre los distintos componentes del Sistema, la
proliferación de ofertas formativas aisladas y la creación apresurada
de estructuras que no puedan sostenerse en el tiempo.
Horizonte del Congreso de 2028
1. Promover un Congreso al que llegar con experiencias reales y evaluadas. Se
plantea la conveniencia de celebrar en 2028 un congreso que no se
limite a presentar documentos, sino que recoja los aprendizajes de las
diócesis, entidades y profesores que hayan participado en las primeras
experiencias de aplicación.
2. Reconocer y fortalecer un cuerpo profesional. El
horizonte de 2028 debe ayudar a que el profesorado de Religión se
reconozca como una comunidad profesional y eclesial que comparte
vocación, identidad, lenguaje, criterios de calidad, recursos,
experiencias y responsabilidad educativa.
3. Establecer las bases para una implantación sostenible. A
partir de la evaluación del proceso, el congreso podrá proponer un
horizonte común para los años siguientes, definir los apoyos necesarios y
consolidar una red estable de delegaciones, mentores, formadores e
instituciones colaboradoras.
Salamanca como comienzo
La Escuela de Verano de Salamanca no
concluye con la aprobación definitiva de un modelo ni con la resolución
de todas las dificultades. Concluye con el reconocimiento de una
responsabilidad y con la voluntad de comenzar un camino compartido.
Los participantes regresan a sus diócesis,
universidades, instituciones y centros conscientes de que no todos
podrán avanzar del mismo modo ni con la misma velocidad. Lo decisivo
será mantener una dirección común: que, en cualquier lugar, un profesor
de Religión pueda saber que no está solo; que su Iglesia lo reconoce, lo
acompaña y espera de él una verdadera excelencia profesional; que
dispone de un marco para orientar su crecimiento; que puede encontrar
referentes y mentores; y que su tarea cotidiana forma parte de una
misión educativa que merece ser cuidada.
Salamanca nos recuerda que la fidelidad al
Evangelio exige inteligencia, comunión y audacia. Nos invita a cuidar
mejor a quienes educan y a formar profesores capaces de habitar la
escuela con competencia profesional, identidad creyente, capacidad de
diálogo y esperanza.