Educar no es solamente
instruir
Javier Úbeda Ibáñez
Generalmente
cuando hablamos de educación nos quedamos con la sola idea de instrucción.
Pensar esto es asimilar una parte integrante del término y olvidar los
elementos que la comprenden. La instrucción es la comunicación de ideas o
conocimientos, como puede ser el teorema de Pitágoras que un profesor enseña a
sus alumnos. Estos contenidos se dirigen a la inteligencia; sin embargo, el
hombre no es solo inteligencia, es también voluntad y corazón, y es también un
cuerpo; por eso existe también una educación de la voluntad, una educación
física, etc.
No
es lo mismo instrucción que educación. La instrucción se refiere a los
conocimientos que recibe el alumno, como pudieran ser lecciones de Química,
Geografía, Literatura o Matemáticas.
La
educación es algo más profundo puesto que inculca una serie de hábitos buenos
que —a fuerza de repetirse— se transforman en virtudes, como pudieran serlo la
honestidad, la fidelidad conyugal, el respeto a la palabra dada, la puntualidad
y el buen tino para tomar la decisión más prudente.
En
este sentido podemos definir la educación como «el desarrollo de lo
humano en el hombre, la promoción de todas sus virtualidades perfectivas que
están latentes en su naturaleza humana y le hacen alcanzar el estado de virtud».
Últimamente se ha hecho más común emplear el término valor en lugar del
de virtud. No es el caso discutir aquí si son o no equivalentes,
aceptémoslos como sinónimos siempre y cuando entendamos el valor como una
cualidad objetiva de los seres y no como una proyección subjetiva. Un valor
debe ser algo necesario y absoluto tanto para el hombre de hoy como para el de
mañana pues es un aspecto del bien.
Y
habrá un tipo de educación según los diversos valores: educación religiosa,
moral, intelectual, técnica, sensible y física.
La
educación es el medio propio para que el hombre se perfeccione como hombre, se
haga virtuoso, desarrolle los valores que están latentes en su naturaleza. La
educación busca dar al cuerpo y al alma —como tan magistralmente lo definió
Platón— toda la belleza de que son susceptibles.
La
sede principal de la educación es la familia. ¿Dónde se debería desarrollar
mejor el ejemplo sino en ella? La familia es la célula originaria y principal
de la sociedad. No hay institución que la preceda, la familia nace del matrimonio.
Y de la familia nacen las demás instituciones: municipio, Estado, etc. A la
familia compete en primer lugar la educación de los hijos y una educación en
todos los niveles, aunque para algunos deba servirse de las instituciones que
ofrezca el Estado, como las escuelas. Pero esta oferta de Estado no debe negar
y anular la prioridad de la familia como educadora, le toca a ella por derecho
natural.
¿Una escuela sin religión?
Javier Úbeda Ibáñez
Se
ha difundido la falacia de que una escuela verdaderamente integradora,
igualitaria e intercultural, una escuela para todos, es una escuela sin
diferencias. Y una escuela sin diferencias es una escuela sin religión.
«Bien
sabemos que la enseñanza de la religión en las escuelas es ante todo un derecho
de los propios padres. Lo religioso tiene para muchos ciudadanos una dimensión
personal, representa un interés que va más allá del estrecho marco de la vida
doméstica y de la conciencia individual, puesto que es un elemento esencial del
conjunto de la vida, que afecta a todas sus dimensiones y se manifiesta a
través de ellas, por supuesto también socialmente.
»La
educación es un derecho propio de los padres, dentro de su responsabilidad
irrenunciable sobre el tipo de formación que quieren para sus hijos», afirma
Mª Helena Vales-Villamarín.
«La
asignatura de Religión proporciona conocimientos indispensables sobre la
historia de Europa y el mundo entero después de Jesucristo, no podemos
prescindir de la religión que produjo una nueva civilización. ¿Cómo podremos
estudiar Arte prescindiendo del motivo que inspiró toda la Edad Media, el
Renacimiento, el Barroco? No podemos renunciar a la evidencia del sentido
trascendente del hombre desde sus primeras manifestaciones artísticas, desde el
principio de los tiempos.
»¿Cómo
podremos entender a los grandes literatos, a los grandes maestros que debieron
al cristianismo sus más bellas inspiraciones? ¿Podemos ignorar la religión al
estudiar Filosofía, Moral o Derecho?
»No
podemos condenar a la ignorancia a nuestros jóvenes puesto que la religión está
íntimamente unida a todas las manifestaciones de la inteligencia humana.
»La
enseñanza religiosa y moral transmite conocimientos razonables y necesarios
para poder comprender nuestra cultura y hace posible que la cultura no solo sea
comprendida, sino también críticamente asimilada.
»Esta
enseñanza es especialmente necesaria por desarrollar la capacidad trascendente
y dar respuesta al sentido último de la vida. Es esencial en el desarrollo
integral de todas las capacidades del alumno», sostiene Mª Helena
Vales-Villamarín.
En
palabras de Mª Helena Vales-Villamarín: «No podemos aceptar que la tarea
educativa de humanizar al hombre sea una mera socialización».
La batalla de la escuela
Javier Úbeda Ibáñez
No
son tiempos para dejarse atontar por tópicos, para dejarse enredar por
maniobras envolventes que hay que desenmascarar ante la opinión pública. Y en
el terreno de la enseñanza la tarea es más urgente.
En
la vida de toda sociedad hay dos instituciones que tienen una importancia
capital: la familia y la enseñanza. De cómo sean ambas depende la formación de
las generaciones futuras y, por tanto, la sociedad del mañana.
Mientras
en el marxismo-leninismo, la sociedad civil se identificaba con las relaciones
económicas, para Gramsci (1891-1937) se identifica con las relaciones
culturales. Para Marx, lo económico era lo primero; para Gramsci, será la
cultura.
La
cultura es el objetivo del nuevo comunismo.
La
batalla de la cultura hay que entablarla en su raíz. Ganarla ahí es vencer. Hay
que darse cuenta de que ganar la batalla de la cultura —en la que los marxistas
cuentan con muchos aliados de talante liberal— es ganar la batalla contra la
descristianización de la sociedad que los marxistas pretenden. Ganar la batalla
de la cultura es ganar la batalla de la escuela, porque solo una sociedad con
cultura cristiana puede exigir una escuela cristiana.
¿Cómo
puede conseguirse este objetivo? Utilizando todos aquellos medios por los
cuales se difunde habitualmente la cultura: la imprenta —editoriales, medios de
opinión pública— y la escuela.
Según
Gramsci (teórico marxista y político italiano), son los intelectuales
—marxistas— quienes han de operar ese cambio cultural.
Pero
los intelectuales, como todo el mundo, se forman en la escuela. Por eso el
dominio de la escuela es especialmente importante en esta nueva versión del
marxismo.
Esta
penetración en el campo de la enseñanza no se limita solo al aspecto docente,
sino que se extiende además a todos los campos relacionados con la educación.
Especial importancia tienen aquellos puestos de carácter decisorio hasta
puestos de alcance nacional.
En
palabras de Gramsci: «La conquista del poder cultural es previa a la del poder
político, y esto se logra mediante la acción concertada de los intelectuales
llamados ‘orgánicos’ infiltrados en todos los medios de comunicación, expresión
y universitarios» (Cita, entre otras, que Pablo Iglesias, de Podemos, se
tatuaría en el antebrazo).
Si
el asalto a la educación pública es más sencillo, conquistar la enseñanza
privada es más difícil.
Desde
hace décadas la enseñanza privada está siendo objeto de numerosos ataques por
parte de diversos grupos de orientación marxista.
¿Por
qué se oponen de modo tan tajante a la enseñanza privada? En primer lugar,
porque es un campo de la cultura que no pueden permitirse el lujo de tolerar si
quieren realizar la conquista del Estado y si no están dispuestos a admitir la
oposición ideológica de quien no comparta su visión del hombre y del mundo.
Pero,
además, desde un punto de vista marxista, la enseñanza privada aparece como una
cuestión de principio, como un aspecto de la propiedad privada, origen para el
marxista de todo mal social. Como es sabido, la propiedad privada constituye
para el marxismo el origen de todas las alienaciones que sufriría el hombre en
la sociedad burguesa. Si para los marxistas, la educación impartida en los
países capitalistas aparece como un monopolio que ostenta la clase dominante y
que asegura la explotación de los trabajadores a favor de la burguesía, la
enseñanza privada representa la quintaesencia de dicho monopolio. Por esa razón
debe desaparecer, ser destruida.
No
tiene sentido para ellos abogar por una extensión de la enseñanza privada,
facilitar el que pueda acceder a ella quien lo desee mediante un oportuno
sistema de ayudas, etc., porque sería incurrir en el error del socialismo
utópico de Proudhon, que pensaba que la situación se podía arreglar
generalizando la propiedad privada. Proudhon, según el marxismo, era prisionero
de la idea de igualdad y entendía el socialismo como «igual posesión», cuando
de lo que se trataría es de eliminar toda posesión individual.
La
enseñanza privada encuentra dificultades. Se produce así la curiosa situación
de ser atacada por unos sin ser amparada por otros.
En
Francia, por ejemplo, la mayor parte de la enseñanza privada está formada por
escuelas bajo contrato con el Estado. A cambio de una financiación pública,
estas escuelas siguen los mismos horarios y planes de estudio que las
estatales, aunque pueden tener un ideario específico. Sin embargo, en los
últimos diez años se están desarrollando también escuelas privadas
independientes, no concertadas con el Estado, que atraen cada vez a más
alumnos. Un reportaje de Le Monde se
hace eco de su éxito y de algunas reticencias que suscitan.
No
hay sociedad libre si la cultura y su transmisión están en manos del poder. Si
el Estado se convierte en el sujeto de la cultura y en sus manos está el medio
de su transmisión, que es la enseñanza, no es posible el hombre libre. Para
construir una sociedad verdaderamente libre es indispensable que la ciencia y
la cultura estén en manos de la propia sociedad. No hay peor encadenamiento de
la persona y de la sociedad que el dirigismo cultural, o sea atribuir al Estado
la función de dirigir la cultura y su transmisión.
Si
el sujeto y agente de la cultura, de la moralidad y de la religión es el hombre
y no el Estado, el sujeto y agente de la enseñanza es la persona, no el Estado.
La transformación del Estado en sujeto y agente de la enseñanza, tanto
cercenará la libertad cuanto suponga hacerse sujeto y agente primero y
principal de la cultura.
Y
lo peor es que la víctima de todo es el niño, el joven.
Nada
de lo dicho debe interpretarse en el sentido de que el Estado deba
desentenderse de la enseñanza y de la educación. Conlleva, sin embargo, que el
Estado asuma su propio papel sin invadir el de la sociedad. Y este papel del
Estado es el mismo que el que tiene respecto de las demás libertades: el Estado
debe reconocer, garantizar y regular el ejercicio de la libertad de enseñanza.
La
libertad de enseñanza, como derecho natural que es, debe ser respetada en
cualquier forma legítima de gobierno, pero en un régimen democrático adquiere
una importancia suprema por la misma concepción de la democracia.
Por
eso es regla elemental de una verdadera democracia el respeto a la libertad de
pensamiento filosófico, científico y cultural y, con ella, la libertad de
comunicación, de palabra.
La
defensa del derecho de los padres a la educación de los hijos, la libertad para
que puedan escoger las escuelas que en conciencia prefieran, es uno de los
imperativos que el ciudadano ha de lograr que sean respetados en el presente y
en el futuro de un país. La educación —conviene decirlo— no es un servicio
público, si por tal se entiende un monopolio excluyente del Estado, como si los
niños y jóvenes fueran bienes de dominio público. Ha de quedar bien claro —hay
que repetirlo hasta la saciedad— que los hijos son de los padres, que los hijos
no son del Estado. Donde son del Estado, no existe libertad ni democracia, sino
tiránico y refinado totalitarismo. La educación es un servicio, sí, pero un
servicio social, una gran empresa colectiva que la sociedad entera —padres de
familia, instituciones, grupos de ciudadanos, etc.— tienen el derecho y a veces
el deber cívico de promover. Y el Estado ha de reconocer que, cuando esos
centros ofrecen las garantías que el bien común demanda, la función social que
cumplen será, cuando menos, tan valiosa y respetable como la de las escuelas estatales.
Para
Rafael Serrano, «la razón definitiva en favor de la elección de escuela es la
libertad»: «Permitir a los padres escoger la escuela de sus hijos es valioso en
sí mismo, con independencia de los resultados», manifiesta Bobby Jindal,
exgobernador de Luisiana.
La
educación estatal no es algo que interese solo al Estado; al contrario,
interesa a todos los ciudadanos, que son quienes con sus impuestos la
mantienen. Y es interés de todos el que la calidad de la enseñanza que imparta
sea la mejor posible. La escuela estatal no es propiedad del Estado o de los
partidos; debe estar al servicio de la familia y de la sociedad.
Tanto
la escuela pública como el derecho de los ciudadanos a crear y dirigir centros
de enseñanza son subsidiarios, están al servicio de la libertad original de los
padres a proveer a la educación de sus hijos según sus convicciones y
preferencias.
La
escuela concertada no se justifica en que sea mejor o peor que la de
titularidad de la Administración pública, sino en que es cualitativamente (de
cualidad, no de calidad) distinta. El ideario la hace distinta. La libertad de
enseñanza debe suponer la existencia de múltiples idearios entre los que
elegir.
«El
modelo único en educación es un atraso, y la sociedad moderna exige diversidad
de escuelas: entre otras cosas, porque la diversidad es fruto de la libre
iniciativa, fuente a su vez de la innovación. Si se deja a las escuelas
autonomía para adoptar distintos estilos y experimentar ideas, mejorará la
calidad de la enseñanza, cosa que difícilmente se consigue con imposiciones
desde arriba», sostiene Bobby Jindal.
Colaborar
con los marxistas en el intento de mejorar el sistema educativo es una
ingenuidad. Por más que hablen de democracia, de libertad, de justicia, de
igualdad, no podemos pensar que son conceptos que patrocinen, porque su
aceptación implica siempre un valor previo, una concepción del hombre y del
mundo como ya dados, que para la filosofía marxista no tienen sentido alguno,
puesto que lo que postula es precisamente lo contrario: un hombre y un mundo
por hacer. Es comprensible que esta realidad no sea fácil de entender: el mismo
Marx declaró que, en ocasiones, no tuvo más remedio que hablar de justicia y de
libertad a causa —dice él— de la estupidez de sus colaboradores. Si a estos les
resultaba difícil de entender, no es extraño que a quienes no comulgan con sus
ideas, les resulte aún más difícil. Pero es de esperar que, al menos, no se nos
pueda también llamar algún día estúpidos. Porque tendrán doblemente razón para
hacerlo.
Aceptar
el análisis económico marxista supone, además de una falta de formación
meramente económica, aceptar el inicio mismo del planteamiento marxista, que es
de una coherencia interna férrea.
Por
todas partes se habla de derechos y desde todos los ángulos se clama por la
libertad.