domingo, 23 de abril de 2017

TIEMPO PASCUAL: 2º DOMINGO





Que no fue fácil la aceptación de la Resurrección de Cristo, desde el inicio de la difusión del Xtmo, parece una constante en los relatos de las apariciones Un ejemplo evidente es el relato del evangelio de hoy, escrito bastantes años después de la muerte y Resurrección de Jesús. Por su parte la 1ª carta de  Pedro, escrita hacia el año 64, expresa el gozo de quienes no han visto a Jesús Resucitado y, sin embargo, le aman y creen en EL. Los que poco a poco nos hemos ido  incorporando a la fe en el galileo, sin haber constatado tal acontecimiento, de alguna forma ya estábamos contemplados en aquella frase de Jesús: Dichosos los que crean si haber visto”, o en la de Pedro: no habéis visto a Jesucristo y lo amáis; no le veis y creéis en El; y os alegráis con un gozo inefable” .El relato evangélico de hoy admite dos puntos de vista; uno: Tomás, el Dídimo (Mellizo) siempre considerado como el prototipo del incrédulo, porque necesita meter sus dedos en la llaga de las manos y los pies de Cristo y su puño en el costado. “Tomás- se ha escrito - es un hombre moderno, existencialista que sólo cree lo que toca, un hombre que no se deja llevar por las ilusiones, un pesimista audaz que desea enfrentarse con el mal, pero que no se atreve a creer en el bien. Para él lo peor es siempre lo más seguro”. Solo cree en las realidades que puede experimentar físicamente y está cerrado a cualquier otra realidad, más allá de lo que se puede experimentar. Es el pesimista, que se encierra en su fracaso y no se abre a una esperanza en la que creer. Hay quien enfoca desde otra perspectiva su actitud: “ Tiene razón cuando quiere encontrar la fe por sí mismo, o no creer. Pese a su resistencia a creer sólo de oídas, se acerca el sábado siguiente al grupo de los discípulos; muestra disponibilidad para dejarse convencer; duda, por tanto, con sinceridad y capacidad de acogida y rectificación. Es la gracia del Resucitado la que va detrás de él, la que vence la duda en Tomás -y en cada uno de nosotros- y da paso a la fe de la Pascua. Es el hombre que necesita hacer suya la experiencia de fe; que no su fundamenta en el ambiente de sus amigos, sino que tiene, personalmente, su propia experiencia; la que le conducirá a la afirmación de fe: Señor mío, y Dios mío. Es como la  culminación del Evangelio de Juan, que va seguida de una frase de Jesús referida a cuantos  abrazamos esta fe, sin ser testigos directos de la Resurrección; y lo hace con la conocida forma de bienaventuranza: “dichosos los que crean sin haber visto”
        Aún dentro de la Octava de la Pascua, deberíamos preguntarnos:¿por más de veinte siglos después de aquel acontecimiento, y de aquellos hombres, hemos proclamado que Cristo ha resucitado?
        Ciertamente la fe es algo complejo; muchos la hemos heredado de nuestros padres, de nuestro ambiente familiar o educativo; forma parte de nuestra identidad más profunda. Pero la crisis religiosa que vivimos nos obliga hoy a replantearnos cuestiones en tiempos pasados innecesarias. Casi tenemos más de Tomás que las generaciones que nos precedieron. Es razonable que queramos encontrar la fe por nosotros mismos o no creer; ya no podemos vivir de una fe heredado o  de oídas. La debemos encontrar por una búsqueda sincera. Y en esta búsqueda hay dos condiciones irrenunciables: la primera la necesidad de una experiencia personal, directa, íntima y profunda con Jesucristo el Señor; la oración de amigo a amigo; de corazón a corazón, sin prisas, hasta que el cuerpo aguante. La segunda: para reencontrarnos con El, el espacio ideal  y único es la comunidad. En contra del individualismo religioso, de la privacidad de la fe, de la religión a la carta nuestra experiencia de fe tiene que producirse en la comunidad. Es el gesto que hicimos en la Vigilia Pascual, cuando desde el Cirio, unos a otros nos encendíamos la velitas: hemos recibido la fe de padres a hijos, pero necesitamos compartirla con los hermanos. Una comunidad cuyos rasgos vienen delimitados en la 2ª lectura (He). Posiblemente no fuera la situación real de las primeras comunidades, pero es ideal hacia el que apunta nuestra fe y nuestra experiencia del Señor Resucitado.

Francisco Aranda Otero

Fuente: vía email

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