domingo, 13 de noviembre de 2016

Creer en tiempos revueltos


DOMINGO XXXIII T.O-C

Estamos acabando el año litúrgico, que culminará el domingo que viene con la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. En este domingo la Palabra nos ofrece textos que remiten al final de los tiempos y que pertenecen a la llamada literatura apocalíptica/ escatológica
El primero del profeta Malaquías, ( 3,19-20 a) El drama del   pueblo judío a comienzos del siglo VI a.C., con parte de  la población deportada a Babilonia, Jerusalén y el templo en ruinas, y el pueblo dependiente de dominios extranjeros, provocó un resurgir de profecías que anunciaban, como inminente, un cambio radical de la situación y los  profetas rivalizaban dibujarlo lo más espléndido posible. Durante algún tiempo se mantuvo esa esperanza. Pero  la realidad se impuso: ni independencia, ni riqueza, ni esplendor. La decepción fue tan fuerte que hubo quienes  vieron la solución en la desaparición del este mundo  y la aparición de un mundo futuro maravilloso, del que sólo formarían parte los buenos israelitas. Así, en la primera lectura,  alude a un “sol de justicia” no se refiere a un sol insoportable que quema; sino : «un sol salvador, que nos salva con sus rayos” (“ lleva la salud en sus alas”).
En la segunda lectura, 2 Tes 3, 7-12 Pablo advierte a las comunidades de Tesalónica que , contra de los que ellos creían y divulgaban, la llegada de Cristo no estaba a la vuelta de la esquina; por tanto, no era de recibo cruzarse de brazos. Ni mucho menos; no vale “vivir muy ocupados en no hacer nada” . El entusiasmo, trabajo, esfuerzo, ánimo no debe dejar paso a actitudes de desaliento y dejadez. Pablo mismo se pone de ejemplo, no es habitual en él, de cómo  con el trabajo de sus manos no es gravoso a nadie y que debemos revisar qué “modelos “ nos sirven de referencia  y pongamos nuestra mirada en los que se esfuerzan y buscan el bien de todos.
 Extraño el texto evangélico de hoy: Lc 21, 5-19. Para la apocalíptica el fin del mundo de este mundo es inminente y el hombre desea conocer cuándo y qué signos lo anunciarán. Las dos preguntas que formulan los discípulos lo recogen: ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder? A Jesús, y lo vemos  en otros pasajes, no le agradan estas preguntas porque resultan estériles. Todo se queda en cálculos y señales, sin un compromiso directo con la realidad.
 De ahí la respuesta de Jesús que  recoge un catálogo de estas señales: guerras, revoluciones ,epidemias, hambre y  signos espantosos. Pero nada de esto apunta hacia el fin del mundo, sino que describe la dura realidad de las primeras comunidades cristianas a las que se dirige Lucas:  muchos eran juzgados y condenados injustamente, traicionados incluso por sus seres más queridos.
Jesús introduce dos frases  que alivian esta tensión .La primera: Así tendréis ocasión de dar testimonio. La persecución, la cárcel y los juicios injustos ofrecen la posibilidad de dar testimonio de Jesús, y así lo interpretaron los numerosos mártires de los primeros siglos y los mártires de todos los tiempos. La segunda: ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. 
 Todo culminaría en la aparición de Jesús, «el Hijo del Hombre que llega en una nube con gran poder y gloria». Es el sol del que hablaba Malaquías, que ilumina y salva a todos los que creen en él.
En el final del año litúrgico se nos advierte  de que lo que importa es encarar con tesón las dificultades, que no faltarán. Porque queremos ser fieles  a Dios y necesitamos  llenarnos de confianza, fortaleza y entrega para vivir y hacer vivir a los demás. Siendo conscientes de que Él estará con nosotros hasta el fin de los tiempos.  
Paco Aranda
Fuente: vía e-mail

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