domingo, 26 de enero de 2014

Crucifíquenme, pero hace falta Religión en los colegios como respirar…

¿Ya tengo su atención? ¿O su repugnancia? Lo mismo me da, si está usted leyendo esto, es que ha funcionado. Y ahora me explico.

La verdad es que la idea de este artículo me vino unos días antes de Nochebuena, mientras veía un concurso de Antena 3. Pero las burbujas propias de las fechas mandaron a la porra la anécdota y las ganas de volver sobre ella. Miren por donde, esos señores que toman gin tonics a tres euros y que, después de unas rondas, se ponen a legislar, me han devuelto las ganas.

Que nuestros políticos no son unos castelares, ya lo sabíamos. No es que lo sospecháramos: teníamos la certeza. Que una buena marca de habanos, o de güisqui de malta, o de automóvil alemán de alta gama, son más caras para ellos –por queridas y por precio– que la marca indeleble de la cultura, también. Pero lo último que ha pasado en el hemiciclo muestra que la ignorancia supina es la más clara señal de igualdad que va quedando en esta democracia nuestra. Los parlamentarios confesionales pueden ser tan burros como los laicos en una materia que deberían dominar.

Les supongo al tanto, así que no me extenderé. Rubalcaba dijo, escudándose en el beato Bono, "una palabra mía bastará para sanarte", haciendo del Cristo un ególatra narcisista y soberbio. Rajoy quiso colársela por la escuadra, pero se empachó de balón: "Se dice 'una palabra tuya bastará para sanarme': Juan, 1:7". Pues no, mire ushhhhté, la cita es de Mateo 8:8: "Di solo una palabra y mi siervo será curado". ¡Toma ya! Lo que dice Juan 1:7 es esto otro: "Vino éste a dar testimonio de la luz, para testificar de ella y que todos creyeran por él".  Pues no, ninguno de estos politicastros da testimonio de tener luces más que para medrar a costa de todos. Por eso ya no creemos en ellos. En cuanto a testificar, los jueces les van poniendo las pilas.

Les decía que estas líneas mías nacieron en el quiz show "Ahora caigo", que presenta el eficaz Arturo Valls. El hombre no tuvo mejor ocurrencia que hacerle esta broma a un concursante: "Así que te llamas Moisés, como el que abrió las aguas. ¿Qué eres, fontanero?". Debía de ser poeta, porque la cara del concursante fue un poema: no tenía ni idea del origen de su nombre. Ni puñetera idea. Supongo que un defensor furibundo de la escuela laica tomaría esto por un triunfo. A mí me parece un desastre.

He sido, por este orden, periodista, guionista y novelista. En todas esas fases profesionales me ha acompañado el recuerdo de dos libros: la Enciclopedia Álvarez de Segundo Grado de mis primeros años de escuela y un ejemplar de las vidas de los santos que había por casa. ¿Y por qué? Porque ambos enriquecieron el catálogo de imágenes que cualquier profesional de la palabra debe llevar en su morral. Gracias a aquel volumen de Historia Sagrada del franquismo, vi a un monigote, trazado con cuatro líneas, destripando a un elefante; o a un pastor derribando a un gigante con armadura. Los años y la curiosidad me llevaron a saber que unos rebeldes judíos pelearon contra los elefantes acorazados y las falanges de los descendientes de Alejandro o que los filisteos pertenecían a una coalición de saqueadores llamados Pueblos del Mar, los mismos que están el origen de la cultura griega. Por no hablar de los sensacionalistas grabados de aquel libro de santos, especialmente cuando narraban la vida de algún mártir: aún recuerdo a San Lorenzo sonriendo entre las llamas de su parrilla. ¿Útil? Para mi curiosidad, a la que amo más que a los latidos de mi corazón, para mi galería de arquetipos y para mi imaginación, desde luego.

A ver, no quiero la religión de Wert, pero quiero religión en las escuelas. Nuestros jóvenes no pueden ignorar que el nombre de Moisés viene del profeta judío que, aún hoy, justifica la existencia de Israel. Ni una niña que se llame Sofía debe olvidar que su nombre es griego y que significa sabiduría. O que Cristina viene de Cristo y Cristo significa ungido, que es un privilegio de los reyes (otro más). O que si carga con el Dorotea que le pusieron por su abuela, puede cambiar el gesto porque su nombre significa regalo de los dioses.

La religión que yo quiero es la que haga que un adolescente se pregunte por qué es mitología que Zeus fecundara a Leda en forma de cisne y, en cambio, sea religión que el Espíritu Santo preñase a María en forma de paloma. Quizá, se responderá al final, porque todas las historias las escriben los ganadores.  Quiero una religión en los colegios que pinte imágenes, arquetipos y paisajes en las mentes tiernas, para que se enriquezcan con arsenales de símbolos que les ayuden a dar forma a sus certezas y, desde luego, a sus dudas. Es esa la asignatura que quiero y no la del ministro Fernández, que afirma que Santa Teresa protege a España desde el cielo.

Un adolescente que supiera de qué va la religión, le respondería que Teresa de Jesús fundó una orden basada en la pobreza, muy alejada de la pertenencia del ministro del Interior a una obra religiosa que responde al inconfesado lema de "Por el poder y la riqueza hacia Dios". Y también le echaría en cara que el ministro envíe a sus guardias pretorianos vestiditos de azul a desahuciar pobres, cuando el Cristo al que él dice adorar expulsó a cordonazos a los usureros del Templo. Aquel mismo pobre de Nazaret que sentenció: "De nuevo os digo: es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que entre un rico en el reino de los cielos". Mateo, 19:24. ¡Tiembla, Botín!
Fuente: http://www.mundiario.com/articulo/sociedad/crucifiquenme-hace-falta-religion-colegios-respirar/20140125120718014434.html

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